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June 15, 2026

Backrooms [Crítica]

“Si te descuidas y haces noclip en la realidad en una zona equivocada, acabarás en las Backrooms, donde sólo existe el olor de la moqueta vieja, la locura del amarillo, el zumbido interminable de las luces fluorescentes y unas seiscientas millones de hectáreas de habitaciones generadas aleatoriamente donde perderse. Que Dios te proteja si escuchas algo rondando cerca, porque ten por seguro que a ti sí te ha oído.” El post, escrito por un usuario anónimo en 2019, dio luz a las Backrooms, una de tantas creepypasta junto a Candle Cove, Slenderman, The Holders o el Disney World abandonado aquel donde un Mickey Mouse se arranca la cabeza. Tú me entiendes. Las Backrooms nacieron como un concepto de videojuego; traspasar los muros, alcanzar la sala que tienen los títulos de Bethesda y ejerce de coordenada cero para cargar todo lo que existe en sus mundos. Cruzar ese umbral es la muestra clara de que esto no es más que un puñado de píxeles, y las Backrooms apuntaban a ese miedo, un miedo nacido en Matrix, otro esfuerzo por hacer que la realidad en sí fuera interesante. Nadie sabe quién creó el concepto de las Backrooms, pero apuesto a que fue un millenial.

Kane Parsons no es millenial.

Seguramente conoces la historia: un chaval de 16 años hace un cortometraje de las Backrooms, este se viraliza, convierte el creepypasta en un concepto mainstream, A24 le ofrece un contrato para convertirlo en película. Parsons es muy, muy joven, pero obsesionarse con el hecho es olvidar que los miembros de “el club de los 27”, por definición, ya habían cambiado el mundo con veintipocos, que Orson Welles dirigió putísimo Ciudadano Kane con 24 años. Jóvenes con talento los ha habido siempre y les odio a todes. Pero más que su edad, me interesa la generación de Parsons, los zoomers: hijos de la crisis de 2008, del 11S y la guerra contra el terrorismo, de un capitalismo que dejó de vender un futuro y pasó a decir ‘objetivo: sobrevive’. Por eso el terror que Parsons ve en las Backrooms no es quedar apartado de la realidad, sino revelar su naturaleza: ser consciente de que existes en un sistema incomprensible, perverso, antiguo, enorme y peligroso. Los centros comerciales muertos, un fenómeno extenso en los EE.UU. que sirven como monumento a las grietas del neoliberalismo, son la obsesión de Parsons. Es el terror de una promesa rota, una prosperidad que, en cuanto quebró, importaba tan poco a quienes la vendieron que no merecía la pena reconstruirla. ‘Iba a funcionar, pero fracasó. Ahí os quedáis’. El espacio liminal de las Backrooms es el de los espacios comerciales, las salas de espera, las casas de muestra en IKEA. Desprovistos del producto y la promesa, sólo queda el cadáver de una arquitectura obsesionada con lo práctico, carente de personalidad, ruinas que son un puñado de paredes sin sentido. Esto no es un Partenón que puedas visitar. No deberías estar aquí, nadie debería estarlo. Este lugar no debería estar. Es un valle inquietante, un edificio en construcción al que puedes acceder sin que las obras te corten el paso. Es un lugar creado por humanos pero desprovisto de humanidad. Prevalece el fondo, el sistema, ese capitalismo que no necesita entender para producir, porque hay que producir; la línea debe subir y caben más habitaciones, más conceptos. Más cosas. Da igual la forma que adopte. El capital consume, procesa y vomita, igual que las Backrooms de Parsons.

Ahora bien, Backrooms, la película, no va de eso. Más bien no va sólo de eso. Clark, su protagonista, es víctima del sistema; la vida no le ha llevado por donde él esperaba, su título de arquitectura ha devenido en un negocio de muebles sin clientela, su mujer le ha dejado y ahora Clark no puede dormir en su propia casa. Clark, como mi generación, como la generación de nuestros padres, creía que bastaba con seguir el manual de instrucciones para ganar, y ahora que está a la deriva, Clark no le importa a nadie porque nadie le importa a él, no lo suficiente como para entender que es ajeno a su voluntad. Y no lo soporta. Su psicóloga, Mary, es otra víctima del sistema, presa de una profesión que le obliga a fingir una comprensión que no está ahí. Nacida para gritar ‘AMIGO, UBÍCATE’, su fracaso como escritora hoy la lleva a soportar clientes incapaces de ver que son el problema. Clientes como Clark. Y no puede decirle las cosas a la cara porque necesita que le pague la próxima sesión. Bueno, eso y que no quiere descubrir qué clase de persona es Clark cuando pierde los estribos. La vida de Mary está tan rota que ni siquiera encuentra refugio en el pasado; todo lo que conserva de su vieja vida, el hogar donde se crio bajo la vigilancia de una madre paranoica, es un fragmento del pavimento con la huella de su mano, y ni siquiera eso permanece indemne. La casa de su infancia queda demolida para hacer un bloque de apartamentos y ese trozo de suelo, roto a base de mazazos, ahora es una serie de formas. Si dices que es una mano, lo es. Si no, bien podría ser una cordillera.

Las Backrooms son un reflejo del sistema desnudo, pero también dan réplica al conflicto central de Mary y Clark: el recuerdo y cómo procesamos los hechos. Para Clark, el recuerdo es cuestión de perspectiva, retorcer el pasado hasta ajustarlo a sus necesidades. Para Mary, es una carga de la que no sabe cómo deshacerse. Para las Backrooms, el pasado, la vida, es otro producto a reproducir incesantemente, y cuanto más reproduce, cuanto más recuerda, peor entiende lo que hace: retuerce y pervierte las formas, crea pasillos imposibles, quiebra el espacio. El laberinto de las Backrooms, para Parsons, refleja el laberinto de la mente, con las curvas infinitas del cerebro y la lógica imposible del pensamiento sin filtro. Quizá, más que un mundo, somos cada persona un laberinto que, igual que esas habitaciones, no se entiende a sí mismo.

Mejor dejo las pajas un rato.

En su crítica, Walter Chaw acusa a Kane Parsons de inocente. Chaw, sin ir más lejos, tilda a su movimiento, el de youtubers e influencers que dan el salto al cine, como ‘la ola naíf’, y entiendo su perspectiva: Backrooms tiene Ideas, con mayúscula, pero no termina de comunicarlas. Tampoco es que diga nada nuevo. Por otra parte, creo que esperar tanto de un chaval en su opera prima es, en sí, naíf. Decía Ian Danskin en su vídeo ‘This is Phil Fish’ que la gente no odia a Nickelback porque hagan mala música; incluso si opinas que su música es mala, explica Danskin, si les odias, en realidad lo haces porque han tenido el cuajo de creerse a la altura, que merecen un contrato para un álbum y dar conciertos por todo el mundo. Hay gente que parece odiar a Kane Parsons, que inventa conspiraciones sobre cómo en realidad no ha dirigido la película o dice que no piensan verla porque no puede ser que un niñato de 20 años haya hecho cine, menos aún Cine. Debería haber seguido haciendo vídeos en YouTube como todo el mundo, ¿quién se cree cumpliendo sus sueños?

No.

Backrooms es naíf, sí, pero porque lo dirige un chaval de 20 años. Es una opera prima. Y, como tantas operas primas, entra con ganas de destacar, y lo respeto. Respeto lo hecho y respeto lo que representa, porque igual que a los millenials nos tildaron de niños adultos, piterpanes que viven en casa de sus padres y juegan a Pokémon en vez de tener hijos, ahora a les zoomers se les presenta como ajenes al mundo, hiperactives, una generación de TDAHs incapaces de mantener una conversación sin un smartphone en la mano. Y entonces llega Parsons, youtuber él, y hace una película de las Backrooms, un creepypasta, y adivina qué.

Es lenta.

Es inquieta.

Es ambigua.

Quizá demasiado ambigua, pero tampoco es cuestión de echarle al chaval en cara el haber apuntado alto. Parsons parece consciente de tantos años de conversación sobre el brainrot y el terror de jumpscares, así que va en dirección opuesta y plantea Backrooms como una cinta pausada, con algún sobresalto, sí, pero que sobre todo busca sumergirte. La trama de Mary queda para leerse entre líneas y se cuenta con espectros. Clark y su pasado no son tan importantes como para dominar el metraje. Nunca llegamos a saber qué son realmente las Backrooms ni por qué están ahí.

Brillante, genial, un chaval ha hecho el mínimo necesario. Cojonudo.

Creo que había mucha gente esperando ver cómo Backrooms fracasaba o resultaba ser bazofia sin valor; ahora que no ha pasado lo uno ni es lo otro, parece que atacan la propia cinta. Y sí, no aporta tanto. Sí, por momentos es tan ambigua que parece que le estoy haciendo los deberes al guionista. Sí, el monstruo no da tanto miedo ni la película es tan aterradora ni la puesta en escena es tan innovadora. Sí, hemos estado aquí antes. Pero también sí, Kane Parsons demuestra aquí ser un cineasta hábil, consciente, que prefiere cocinar a fuego lento, que aspira a más que marvelizar el terror. No quiere crear una IP: quiere contar una historia, y precisamente los elementos del universo de Parsons juegan más en su contra que a su favor. Habría preferido que Async hubiera quedado fuera de escena y que esto fuese algo aparte, pero aun con esas, Backrooms entiende que la película no va de eso, que esto no es Star Wars y tienes que haber visto los veinte vídeos para entenderlo. Esta es una historia sobre gente en conflicto consigo misma que intenta sobrevivir a una superestructura que les devorará sin que sepa siquiera que lo ha hecho. Son engranajes, personajes terciarios. Son nosotres. Somos todo el mundo. Lo que me quedo de Backrooms es cómo me da esperanzas y muestra que tantas voces hablando de hiperactividad, de generaciones intelectualmente muertas, niñatos haciendo six-seven y consumo sin valor son todo juicios superficiales. Estamos rodeados de gente hambrienta de significado, tan aterrorizada del sistema como lo estamos tú y yo. Como película, pero sobre todo como evento, Backrooms muestra que no estamos a solas. Tan solo lo habíamos olvidado.

Comments (10)

G
Gironés81 · July 6, 2026

En una época en que lo habitual es poner el contenido a x1,5 porque queremos devorar mucho contenido vacío, el tuyo tengo que ponerlo a x0,5. No me da tiempo a velocidad normal a digerir las reflexiones que sueltas. Un gusto oírte críticas de cine(vida). Un abrazo.

A
Amilcar Solar · July 2, 2026

Para ser una opera prima y bajo la perspectiva de un señor mayor, no esta mal, tiene muchos buenos conceptos pero no remata en ninguno.

D
Dayo · July 2, 2026

Justamente. Pero, como dices, siendo una opera prima funciona bastante bien.

R
Ricardo Ibáñez Mercado · June 19, 2026

Ahora obsession 🫡

D
Dayo · June 19, 2026

Cuando la estrenen

M
MetroGoldyMayer · June 18, 2026

Prometo que este no va a ser un post kilométrico como el resto :P Igual mi interpretación es la incorrecta. Pero el "es imposible describirle un perro a una persona que nunca ha visto uno" y cómo the Backrooms parece un reflejo de los traumas personales, me inspiran un "nadie es capaz de entender mi trauma excepto yo mismo porque no lo han vivido". Y el hecho de que una de las protagonistas sea una psicologa/terapeuta que finge estar por ti, pero realmente está deseando decirte "no hay quien te entienda y no te puedo ayudar"... Eh...No sé si me parece un mensaje muy *saludable*. Será cosa de la edad. A esas alturas el edgy todavía es un poco intenso. Por lo demás, me suscribo. Me gustó :D

G
Genis Martorell Paga · June 17, 2026

Creo que es un desastrito, pero también me quedo con alguna idea que otra que tiene la peli. Muy guai poder escucharte hablar de ella, Dayo.

R
Rocío Vega · June 16, 2026

A mí me pareció una peli bastante buena y me gustó más a medida que la dejaba reposar.

A
Arturo Solis · June 15, 2026

Considero que aftersun de Charlotte Wells o Aloners de Hong Seong-en son muy buenos debuts y hay que seguirles pista a esas directoras

D
Dayo · June 15, 2026

No digo que todas las operas primas sean malas, sino que es normal que muestren carencias. Precisamente es raro que alguien empiece con paso firme. En cualquier caso, no he visto ninguna de esas películas, ¡las guardo para ver!