Mixtape [Crítica]
Nací en 1991 en Madrid, capital del Reino de España, en el seno de una familia acomodada. Me he criado en bloques de apartamentos, sentado frente a un televisor; las pocas veces que fui a montar en patines o monopatín lo hice acompañado de mis padres y en parques hechos para el skateboarding, montar en bicicleta es algo que he hecho los veranos en la casa del pueblo, y no me quería largar a ninguna parte porque, de nuevo, nací en Madrid. Si no ocurre en Madrid, ocurre en Barcelona. Quería viajar a Nueva York y estudiar cine ahí, sí, pero porque sentía que me daba más garantías, era más real, algo más próximo al foco donde ocurre el Cine a lo grande. Pero pude hacerlo en Madrid. Jamás he saltado por la ventana de mi cuarto para rehuir la tutela de mis padres e ir a emborracharme, primero porque repito que vivíamos en un bloque de apartamentos y segundo porque no bebo alcohol. Pero mis amigos sí, y no les recuerdo tramando argucias para conseguir bebidas. Nunca hemos ido a la fiesta de Norma Stevenson, la jefa de las animadoras, que sus padres están fuera este fin de semana y todo el mundo estará ahí así que tenéis que venir, va a ser increíble. Quizá tenga que ver con que, en mi instituto, no había animadoras, y con que nadie en clase se llamaba Norma Stevenson. Y que todo el mundo vive en bloques de apartamentos. Mi adolescencia es una de comer kebabs con mis amigos después de clase de guitarra, ir a la tienda de cómics, jugar Soul Calibur III y Pro Evolution Soccer 4, ver los Monty Python, grabar sketches con una cámara cutre y hacerme pajas viendo el canal 7 y Localia. Tú me entiendes. O quizá no. Qué más da.
Siento la adolescencia del cine estadounidense como si fuera mía. Es lo que tiene mamar el relato de lo que, en esencia, es el núcleo del imperio. Incluso si me lees desde Latinoamérica apuesto a que te sabes los clichés, las historias de quarterbacks y frikis encerrados en taquillas y todo eso. La costumbre nos ha impreso, como memorias falsas en un replicante, el recuerdo de una vida que no hemos vivido en una época que no es la nuestra. Lo aceptamos con tanta facilidad que apenas vemos que está ahí. Quizá es porque esas historias no van sobre eso. No van sobre quarterbacks o animadoras o comprar alcohol o escaparse de casa a escondidas o Norma Stevenson o frikis encerrados en taquillas. Stand by Me es importante porque, incluso si esa no es mi infancia, son mis sensaciones: Stephen King captura lo que es ser niño, esa mezcla de inocencia a la vez que el mundo empieza a mostrarse y entiendes qué significan las palabras ‘crueldad’, ‘egoísmo’ y ‘yo’. No hace concesiones y muestra a chavales que se insultan y pegan, y es que eso, también, es ser niño. No todo va a ser Bluey. El cine adolescente de Hollywood ha funcionado tan bien precisamente por eso, porque no va de vidas concretas sino sensaciones, la promesa del futuro, el umbral que estás a punto de cruzar hacia la adultez, encontrar algo que te define. El problema llega cuando no tomas la emoción como punto de partida, sino lo que la representa.
Perdón, esto debía ser un análisis de Mixtape.
La historia de Stacy suena a refrito. Ella y su troupe forman un trío de marginados que se mueven en un mundo familiar, sin quarterbacks ni animadoras, pero ahí están: el padre autoritario, conseguir alcohol, el refugio secreto, la megafiesta a la que todo el mundo va a ir, la última noche que va a ser genial, la esperable ruptura con una amiga seguida de una reconciliación, ‘eres más fuerte de lo que crees’, etcétera. Se ha hablado mucho sobre cómo Johnny Galvatron, guitarrista y vocalista de The Galvatrons y, en el caso de Mixtape, director y guionista, es un australiano queriendo revivir una adolescencia estadounidense, y aunque a una parte de mí le apene que no quiera hablarnos de su propia juventud, la otra lo entiende. Los tropos del cine adolescente son como los elfos y enanos en la fantasía: recursos. Superempollonas cae en muchos lugares comunes del género, pero funciona por cómo maneja cada situación, la moderniza, le da la vuelta. Mixtape, por su parte, la reproduce y utiliza como vehículo para lo que realmente quiere.
Es, en cierto sentido, poético: el juego se llama así porque Stacy está entregada al noble arte del mixtape y quiere poner banda sonora a cada momento de la vida, en este caso, su última gran noche antes de irse a Nueva York a luchar por su sueño. La música suele ser el elemento de fondo que alimenta la escena, pero aquí ocurre al revés: el guion se sucede de manera predecible, sin sorpresas, sin momentos de expresión genuina, todo un repositorio de clichés al servicio de la música que adorna cada escena. Enseguida volveremos ahí, pero antes conviene dejar las cosas claras: Mixtape no destaca por su guion. No creo que nadie esté aquí por su historia, y lo siento si lo está, porque lo que aquí hay son diálogos intrascendentes en escenas que no comunican mucho, momentos que seguramente vienen del imaginario común y no tanto una juventud vivida. Stacy está demasiado obsesionada con la música; más allá de algún diálogo suelto que habla de su cinefilia, ella existe en referencias musicales. Me cae mal, pero me cae mal de aquella manera en que sólo un adolescente puede caerte mal: porque se cree más lista que nadie, el centro del mundo y siempre tiene una frase u observación trascendente para grabar a fuego en el canon de la sabiduría universal. Eso sí que se lo reconozco a Mixtape: me creo que esta gente sea adolescente y, cada pocos diálogos, algo muestra cómo son chavales disfrazados de adultos. Me gusta.
El resto del guion no tanto.
No es malo, es normal. Mediocre. Funcional. Sirve para lo que quiere, que es crear este ambiente nostálgico y dar pie a escenas y conflictos. Pero, como decía, nadie está en Mixtape por su guion. Estamos porque el juego acude a todo un abanico de referencias y recursos, desde una presentación de lugares a lo Wes Anderson al estilo de animación de Spiderverse o fondos lisérgicos y recursos de vídeo con rollo de videoclip y MTV, para crear una experiencia basada en sensaciones.
El videojuego tiene algo muy bonito, y es que se abre camino con facilidad, entra y añade casi sin quererlo. Hasta los infames ‘pelijuegos’ y las obras de estudios como Quantic Dream se sostienen en la interacción. El videojuego tiene una capacidad sorprendente para llamar la atención sobre lo mundano y elevar lo obvio, hacer que caminar sea una mecánica, la mirada un ejercicio activo. Mixtape rehúye las convenciones de winstates y lose states, de mecánicas recurrentes, salto, patada, acelerar, del dominio, para en su lugar hacer lo que, en esencia, Luke Plunkett describe como “Wario Ware para adolescentes” y sí, quizá lo es, pero a estas alturas deberíamos saber que todo va del contexto y la presentación. La historia de Mixtape, decía, es tirando a normalita, lo habitual, pero la interacción eleva cada momento hasta convertirlo en algo especial. Hacia la mitad del juego, cuando el padre de Cassandra no le deja ir a la gran fiesta a la que todo el mundo quiere ir, Stacy tiene una pataleta y se larga entre gritos. Vale. Pero entonces tomas el mando y haces skateboarding mientras pulsas R2 y L2 para hacer que el mundo estalle a tu alrededor. En realidad no está pasando: Stacy sólo hace una peineta y sueña con que ojalá ese coche reventase como si hubiera pisado una mina, pero también pregunto: ¿quién no ha soñado con hacer algo así? ¿qué hay más adolescente que eso? ¿Qué hay más juvenil, más ‘yo también he estado ahí’ que ese deseo de rebelión que no encuentra una vía, esta expresión vacua de desafío, creer que basta con gritar para que el mundo tiemble?
¿Qué hay más humano que dejarse llevar por el arte?
Tengo un poco de Stacy. En parte quiero pegarle un puñetazo en la cara porque quiero pegarle un puñetazo en la cara a mi yo de 17 años. Y al de 27, por qué no, pero he sido un elitista que se indignaba, y digo indignarse de verdad, de ‘pero cómo puedes ser tan imbécil’, cuando alguien decía que le había gustado la Avatar de James Cameron. También he vivido pegado a unos cascos. Desde que descubrí la música más allá de lo que ponía mi padre o escuchaban mis amigos, he ido a todas partes acompañado de un walkman o un iPod. Aún hoy es raro que salga de casa sin mis cascos, y aunque ahora sea más de escuchar vídeos de YouTube mientras paseo, no he dejado la música. Radiohead, James Blake, Animal Collective, Battles, Kanye West, Coldplay, Diana Krall o el putísimo Joaquín Sabina han sido la banda sonora de tantos paseos donde me he creído protagonista o he puesto la banda sonora de Wolf’s Rain para imaginar una escena épica, a Satie para conectar con la tristeza del momento. Entiendo a Stacy.
Mixtape se juega, en efecto, como un Wario Ware para adolescentes, pero sus minijuegos no ocurren en el vacío; suelen ser recuerdos asociados a un objeto, una conversación. La memoria altera la vida y la música eleva cada momento e, igual que encender un ordenador junto a mis amigos para iniciar una LAN party que duraría toda la noche era como prender una Harley junto a mi banda, ir en coche al lugar donde ocurrirá la fiesta se convierte en un viaje por los cielos, batear a solas con tu amiga se transforma en un sueño de jugar en la liga profesional o, uno de mis momentos favoritos, sentir que te hacen a un lado te lleva a caminar ajeno al mundo, sumido en una melancolía de blanco y negro, sintiendo que estorbas pero, a la vez, queriendo ser una molestia para que alguien te preste atención.
Dicho de otro modo, Mixtape funciona, gusta tanto y se lleva dieces en todas partes porque reivindica el videojuego.
El cineasta Nacho Vigalondo decía hace poco en Bluesky cuánto envidia “la atención se presta a la forma y el lenguaje de los videojuegos, algo que en el cine se da por extinguido”, y esto seguramente se debe a que hemos dado por sentadas otras convenciones: que las mecánicas, en efecto, son esa victoria, los atributos, barra de salud, acelerómetro, el marcador, los recursos. Solemos referirnos a las mecánicas para hablar de los límites que definen el game, pero obras como Mixtape enfatizan el play, esa dimensión juguetona donde la cosa no va de ganar. Cuando la troupe comienza a correr y dar saltos por el campo, no hay una manera correcta de proceder igual que no hay un multiplicador de puntos cuando montas sobre el monopatín. Mixtape te ubica y deja que vivas la emoción de la escena y sigas el ritmo de la música. Salta cuando quieras. Haz tuyo el momento. Por eso mi escena favorita es un minijuego en el que los tres suben a un coche y escuchan música a todo volumen mientras se zarandean como si estuvieran poseídos por el mismísimo Satanás. Es vivir la música con tus colegas, hacer el tonto, zapatear y tamborilear con fuerza cuando la guitarra rasga con más ímpetu. Ese es el poder transformativo del arte; miras hacia el horizonte y ahí está, pero pinta a alguien mirando al horizonte y el resultado suscita a la imaginación, es romántico. Pasear entre los restos de un parque de atracciones cutre poblado por dinosaurios autómatas que ya funcionaban mal cuando estaba operativo no es lo mismo que El caminante sobre el mar de nubes, pero cuando te dan una cámara y sabes que esas fotos no van a permanecer, que no hay un objetivo, entiendes el momento de otra manera: ¿cómo encuadras a tus amigos? ¿Intentas pillarlos desprevenidos para que no posen? ¿Vas a buscar un ángulo raro para taparles? ¿Lo importante es el momento o verte a ti en el momento?
Quizá me estoy pasando con las pajas. Un poco.
Al final volvemos al principio; Mixtape encuentra su frontera en los muros de su guion. Elevar un momento mediocre lo convierte en bueno, pero no excepcional. El año pasado Consume Me tomó una ruta parecida de convertir la vida en una serie de minijuegos, pero enfocaba su propuesta para hablar de una vida que su protagonista – por obra y gracia de su madre – entiende como algo a medir, controlable si sabe gestionarse, incluso si ese resulta no ser el caso. Hace nueve años – me cago en mi vida, nueve años – Night in the Woods utilizaba el lenguaje del plataformas en scroll lateral, la aventura gráfica y Guitar Hero para contar una historia sobre el descontrol y existir en un mundo que te abruma. Night in the Woods era real. Dolía. Hablaba el lenguaje del presente y rehuía la nostalgia porque iba de lo que es crecer en el ahora y el hoy. Hace no tanto que uno de los muchos juegos que tengo pendientes, Goodbye Volcano High, hablaba de eso mismo, qué significa crecer en un mundo que se va a la mierda. Todas estas obras llamaron la atención porque iban de más que el momento; creaban un conjunto con un mensaje, algo que permanece contigo, mientras que Mixtape se queda en el ejercicio formal, una celebración de la música que no ahonda. El año pasado Pixar estrenó su miniserie En la victoria o la derrota, que al igual que Mixtape, era un despliegue de recursos formales. Pero claro, En la victoria o la derrota iba de algo más que la creatividad de sus momentos; era una serie sobre máscaras, gente que se monta sus historias para creer que dominan su pequeño mundo, y por eso es una serie excepcional. El hilo que une a las escenas de Mixtape es la manera en que la música las eleva, pero no hay mucho subyacente, y es un ejercicio formal tremendo y con momentos fantásticos, pero no abrí hablando del cine adolescente porque sí. Mixtape es el reflejo de un reflejo, algo que se fija en las formas e ignora el fondo, como una obra zombi que sólo va de sobrevivir a los no muertos, una historia de guerra sobre matar al enemigo y volver a casa antes de Navidad, una comedia que hace gracia porque a alguien le estampan un pastel de crema en la cara. Y me encantan los creampies, pero una escena que se sostiene sobre el vacío es un sketch, y eso convierte a Mixtape en una serie de sketches. Wario Ware para adolescentes.
En estos últimos días la opinión alrededor de Mixtape ha virado. Lo que abrió como un juego que había cautivado a la crítica de pronto se ha convertido en discourse, un debate sobre lo no universal de la experiencia estadounidense, la nostalgia ajena, incluso la validez de su tracklist. Ha bastado una crítica para hacer que el sistema se sacuda. Ojalá tener el poder de Kaile Hultner, capaz de redirigir la conversación en torno al videojuego del momento, y mentiría si negara que su crítica me ha influido. No he jugado Mixtape hasta después de leerla; he priorizado escribir este texto precisamente porque la opinión alrededor de Mixtape ha virado en estos últimos días y quiero ver qué pasa. Creo que, sí o sí, habría mantenido que su guion no da para mucho, pero quizá su propuesta me hubiera capturado con más fuerza.
En cualquier caso, Mixtape juega en una liga con una competición durísima. En el videojuego se enfrenta a obras como Night in the Woods, Consume Me o incluso Oxenfree, que no me parece tan destacable pero aun así tiene su propuesta, y en el cine se planta frente a Ladybird, Superempollones, Superempollonas y, como todo el mundo dice, la filmografía de John Hughes. El pasado y la nostalgia son cosas demasiado sinceras y reales como para trastear sin más con ellas; decía Omar en The Wire que “si vas a por el rey, más te vale no fallar”. Y no es que Mixtape falle; es que va a por el rey. Pero queda su esfuerzo y su reivindicación del juego puro. Escuchar música es eso: es soñar, es zapatear y tamborilear. Ya quisieran otros ‘pelijuegos’ hacer lo que Mixtape.
Comments (13)
Es extraño, lo único que he sabido de este juego es que la gente lo odia y se pregunta por qué es un videojuego y no una película. ¿Habrá vuelto a girar la opinión púbica en solo 2 semanas?
Es como si hubiese alcanzado un punto muerto. Tengo material para el vídeo sobre la madurez, desde luego
Te la sacaste (del estadio) con la crítica como siempre. Tenía Mixtape en el backlog porque, un juego de música? claro! pero veo que el punto es la adolescencia. Tengo un niño de 3 años y ahora cuando consumo algo relacionado con adolescencia (como Adolescencia, Netflix) no recuerdo la mía, sino que pienso: Joder todo esto lo va a tener que vivir mi hijo? Puedo hacer algo para ahorrárselo? Pero no, no puedo.. Bueno, siempre nos quedaran las mecánicas de las que hablas así que aún no lo tacho de todo.
Me encantó la crítica. Coincido en que al igual que con la alta fantasía, sin recuerdos implantados no tendríamos ficción en absoluto. Todo son recursos narrativos. Ahora, qué interesante que todo lo que (decís que) hace bien Mixtape sea lo mismo que hizo bien el Sillent Hill original (una ficción japonesa que inventa un pueblucho americano también en base a colores y sonidos que te ponen en clima) y que uno funcione tan bien y otro cause este rechazo. Quizás porque estoy comparando géneros sin punto de contacto, o quizás sí existen ingredientes en la receta de correcta de invitarnos a vivir un mundo que no es nuestro, no importa el tipo de obra.
Después de haberlo jugado, muchas gracias Dayo, me encanta que existan obras imperfectas que intentan algo distinto, a nivel mecánico, pero fallan. No como con *GRIS* o *NEVA.*
Neva no lo he jugado, pero Gris, aunque me parece pretencioso y vacío de significado, creo que hace un buen trabajo a la hora de hacer un plataformas accesible pero que te haga sentir competente
Cuando Rebecca y yo lo jugamos teníamos las mismas sensaciones que tú: que lo que hacen con el gameplay es de agradecer porque pocos más lo hacen pero que la historia en sí ya la habíamos visto antes en cine (y mejor). También nos sorprendió ver que el juego tiene cero onzas de “woke”. De hecho, se pasan todo el juego queriendo emborracharse y drogarse y al final sencillamente lo consiguen y no vemos ningún tipo de consecuencia negativa más allá de “la poli podría pillarte”.
Sep, la verdad es que habría agradecido que no fuera tan blando con esas cosas
Me han dado ganas de probarlo
Ya somos dos.
"Me encantan los creampies" -DayoScript, 15-05-26
A todos nos encantan los Creampies.
Que bonico
